En la era de la intimidad. Por Solange Camauër

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Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/analisis-era-intimidad_0_1639636034.html

La palabra ‘intimidad’ se aplica, en general, a aquello más interior, a las relaciones cercanas y estrechas, a lo más propio del sujeto, lo resguardado, incluso a lo secreto. El significado del término parece evidente, inmediato, sin embargo, el verbo ‘intimar’ y su doble significado: entablar amistad, acercar pero, también, conminar, requerir, obligar (aun con matices amenazantes), pide un análisis detenido. Martin Heidegger, en los Seminarios de Zollikon (1959-1969) destinados especialmente a psiquiatras y psicólogos, observa que Freud no indicó por qué eligió la palabra ‘análisis’ para nombrar su práctica. Heidegger dice que “El uso más antiguo de la palabra análisis se encuentra en Homero, exactamente en el segundo libro de la Odisea . Ahí se utiliza para aquello que hace Penélope noche tras noche, esto es, para desenredar el tejido que tejió durante el día en sus partes y componentes. En griego también significa soltar, por ejemplo, soltarle las cadenas a un encadenado, liberar a alguien de su cautiverio. ‘Análisis’ también puede significar desarticular las piezas de construcción que pertenecen a un conjunto, por ejemplo, desmantelar las tiendas de campaña.” En el caso de la “intimidad” las operaciones de análisis –desenredar, soltar, liberar, desarticular– deben hacerse con sumo cuidado, quizás aun con dulzura y según la primera acepción del verbo intimar, puesto que ‘intimidad’ se toma muchas veces como esencia o como sinónimo de subjetividad o para hacer referencia a lo más profundo del sujeto, aquello que debe ser resguardado y protegido. Para Ortega y Gasset, por ejemplo, la intimidad ‘es el atributo esencial del hombre’ y aquello que lo distingue de los animales. Analizar el término según la segunda modalidad del verbo intimar, esto es según la forma conminatoria, podría contribuir con el proceso en curso de desmantelamiento de la intimidad.

En el libro La intimidad (1996) José Luis Pardo, no propone una doctrina cerrada acerca de lo que es la intimidad. Realiza, sin embargo, un exhaustivo y delicado informe filosófico en el que constata que la sociedad contemporánea padece, por un lado, de un exceso de exposición íntima que va de los culebrones, los reality shows, las escuchas telefónicas, hasta la pornografía política y, por otro, que los sujetos sufren “una carencia lacerante de intimidad que se experimenta en la vida cotidiana”. Esa contradicción, advierte Pardo, se debe a que la intimidad es confundida con una propiedad privada que adquiere valor por su condición secreta, y que puede intercambiarse como una mercancía cualquiera.

Aquí resulta pertinente recordar el libro de Paula Sibilia La intimidad como espectáculo(2008) donde muestra a través de la noción de intimidad un cambio epocal y una mutación subjetiva: si las sociedades burguesas de los siglos XVIII, XIX y XX hacían de la intimidad y la introspección la clave para la configuración de la identidad, en nuestro tiempo se impone la exhibición íntima y espectacular como forma de alcanzar (ilusoriamente) cierta visibilidad y densidad subjetiva en el espacio virtual. El silencio reflexivo, la protección de la casa interior, presuponían la existencia de una cierta esencia oculta bien diferenciada de la esfera pública (la novela familiar de los neuróticos) y alentaba la hazaña exploratoria en el abismo de un yo pudoroso pero que se quería estable, inteligible y con sentido frente al cambiante y peligroso mundo exterior desvastado. Se podría hablar así de un yo de sumersión, para usar una metáfora acuática, entendiendo que ese tipo de viaje interior puede terminar también en hundimiento y ahogo. La literatura que mejor expresa este tipo de modelo de subjetividad es la novela psicológica de Henry James, de Proust, de Faulkner, de Joyce etc. y la laboriosa escritura de diarios y de cartas en tanto ejercicios autorreferenciales, que buscan inscribir al yo en un papel que lo fijará a pesar de que esas inscripciones subjetivantes pueden también resultar dispositivos de encierro disciplinario.

Sibilia contrapone el paradigma intimista al modelo espectacular vigente en el que los sujetos disparan sin cansarse fotos sin espesor, mensajes breves y fácilmente digeribles, ocurrencias, chismes y trivialidades privados a través de los medios tecnológicos, en una vida de instante que sólo coincide con las emisiones fragmentarias. La intimidad se transforma así en una fábrica de pornografía y estupidez que busca acelerar su producción incluso hasta el vaciamiento.

Byung-Chul Han retoma, en varios de sus libros, muchas de las cuestiones señaladas. EnLa sociedad de la transparencia (2013), por ejemplo, describe una sociedad positiva y sin colores contrastantes que, seductoramente, invita a la visibilidad total, a la iluminación y exposición personal al ritmo del torrente de la información y que impide, por su velocidad y falta de dirección/orientación, la composición de alguna figura reconocible del yo. Exhibicionismo, aceleración, e hiperinformación fragmentan la fluidez íntima transformándola en mera sucesión de instantes inconexos, imágenes, emociones e impresiones ligeras.

Pardo, Sibilia y Han piensan la intimidad no como el tesoro comercializable de la vida privada, la intimidad no es un espacio cerrado e incomunicable, una esencia, tampoco la intimidad es la zona originaria del sujeto, la fragua de una personalidad. Sin embargo, la intimidad supone cierta reserva, necesita de un velo puesto que es un estado anímico confiado y de cierta libertad que oscila entre el silencio reflexivo y el dialogo. La intimidad se asocia, con un ámbito en el que, a solas o en compañía, podemos sentirnos a nosotros mismos, sentir cómo las palabras resuenan en nuestros cuerpos y por eso entender qué significan. En la intimidad podemos escucharnos hablar. La definición exacta de intimidad es difícil pero supone una actitud contraria al estado de alerta, al miedo o a la exigencia, sería así una dimensión cómoda, casi plácida de nosotros mismos que no tiene ver con sucios secretitos o con las trivialidades reservadas de la vida cotidiana, dejamos que la asociación libre fluya. Ahora bien, la intimidad es extremadamente frágil porque está, paradójicamente, muy expuesta a la potencia del lenguaje, al latido del cuerpo (que se amplifica en la intimidad), a la memoria propia y compartida, a los requerimientos, a veces urgentes, de la conciencia. La apertura de la intimidad es tal que incluye las dos versiones del verbo intimar: en la intimidad nos acercamos mucho a nosotros mismos y al mundo, sentimos esas dimensiones tan propias, matizadas e intensas que pueden tanto complacer como amenazar. Hay un cierto estado de abandono en la intimidad en el que el yo aminora y dura y se extiende hasta andar entre el resto de las cosas y eso tiene poco que ver con escribir un tuit indignado o colgar una fotito en Facebook.

Dra. en Filosofía (becaria UBA). Docente UBA-APA, Inst. Univ. de Salud Mental, UNLa

 


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