Sujeto y responsabilidad

Noviembre de 1899.  Freud publica “La interpretación de los sueños” texto con el que otorga a la actividad onírica el valor de un acto psíquico de pleno derecho. Lejos de considerarla como una labor menor, fruto de una actividad mental perturbada, carente de sentido y de finalidad, la tarea del sueño en tanto que formación del inconsciente supone la realización del deseo reprimido.

Unos años más tarde, en 1925 y en su texto “La responsabilidad moral por el contenido de los sueños” Freud nos muestra el alcance ético de su descubrimiento al señalar que es preciso asumir la responsabilidad  por el contenido de nuestros sueños. Bien entendido que no se trata del contenido manifiesto, de su posible apariencia de inmoralidad, sino de la moción de deseo reprimida que se descubre “tras la fachada por el trabajo de la interpretación”[1].

Se trata entonces de una responsabilidad que conduce al soñante al trabajo de interpretación del deseo inconsciente. Freud lo ilustró con su famoso sueño de la inyección de Irma. Pues sin interpretación el sueño puede quedar impune. Así Freud toma el ejemplo de los sueños inocentes, los carentes de afecto, y los de angustia para caracterizarlos como “delincuentes embozados” que “son, como en el mundo de la vigilia, incomparablemente más frecuentes que los declarados y confesos”[2].

El contenido de los sueños no es otra cosa que una parte del ser que el propio sujeto puede desmentir bajo el pretexto de que es inconsciente. Ahora bien, como señala Freud, eso que es desmentido no solo está en mí, en ocasiones también “produce efectos” desde mí”, efectos de los que será preciso hacerse cargo.

El inconsciente no excusa al sujeto, como Lacan nos recordó al señalar que “de nuestra posición de sujetos, somos siempre responsables”[3].

6 de agosto de 1945.     La bomba atómica asola la ciudad de Hiroshima. Dos pilotos se hicieron famosos. Uno de ellos, Claude Eatherly, conocido como el “piloto de Hiroshima”, el otro el coronel Paul Tibbets.

La participación de Claude Eatherly consistió en ir abriendo el camino advirtiendo de las condiciones metereológicas que estaban en el objetivo. Él no disparo la bomba. Sin embargo cuando supo de las consecuencias de su misión, su vida cambió. A su regreso a la base enmudece, tiene pesadillas; posteriormente, comienza una vida errática, roba para inmediatamente desprenderse del botín, falsifica cheques de un modo burdo, con el objetivo de que le declararan culpable.

Finalmente, Eatherly es diagnosticado de una enfermedad mental y es internado en el Hospital militar de Waco.

A finales de los años cincuenta comienza una correspondencia con el filósofo Günter Anders para quien este piloto ejemplifica la conciencia en un mundo que persuade al individuo de que no es responsable de las consecuencias de su acción. Un mundo tecnificado que nos implica en hechos cuyos efectos somos incapaces de representarnos.

Se puede seguir esta correspondencia con interés ya que está publicada en castellano por Paidós

El otro piloto, el coronel Paul Tibbets pasó a la historia como el hombre que tiró la bomba.  Nunca se arrepintió de ello. Siempre sostuvo que hizo lo correcto, cumplió un “deber patriótico”. En el año 2005 en una entrevista para un diario declaró: “Supe cuando recibí la orden que iba a ser algo emocional. Teníamos sentimientos, pero debíamos dejarlos a un lado. Sabíamos que la bomba iba a matar a gente. Pero mi interés principal era hacer el trabajo lo mejor que pudiera”. En otro momento declaró: “No siento ningún arrepentimiento. Soy un soldado y me dieron una orden. Cuando un soldado recibe una orden, la cumple. Si mueren 200.000 yo no tengo la culpa. No lo decidí y lo ignoraba”.

En “La agresividad en psicoanálisis” Lacan sitúa lo que denomina una identificación arcaica al objeto. Se trata de una identificación sin mediación con el objeto que deja al sujeto en una situación de indiferenciación. Hay una indiferencia del sujeto respecto de lo que se identifica.

Pone el ejemplo del rey que esta loco en la medida en que se cree el rey. En este caso, podemos decir que Paul Tibbets es  el piloto que cree ser el piloto. El sujeto se diluye, se confunde con su propio mal, se cree el papel que encarna, el deber de sostener un orden del mundo desconociendo que en tal desorden se manifiesta su ser actual. Queda identificado a la destrucción como “deber patriótico”.

Paul Tibbets no toma distancia respecto de su acto y las consecuencias del mismo, por lo que en tanto que sujeto finalmente él desaparece, se confunde con el objeto,. Quizás por eso al final pidió ser incinerado y que sus cenizas fueran tiradas al Canal de Inglaterra. No quiso que quedara ningún rastro de sus restos, ningún funeral,  ninguna tumba, ninguna lápida según parece, tal y como develó un amigo suyo por el temor de que su tumba pudiera convertirse en lugar de peregrinación para antibelicistas.

Julio González

[1] Freud, S.; “La responsabilidad moral por el contenido de los sueños”, en Obras completas, vol. XIX. Ed. Amorrortú,  pág. 133

[2] Freud, S.; Ídem pág. 134

[3] Lacan, J.; “La ciencia y la verdad” en Escritos 2. Siglo XXI Ediciones, pág. 837

857px-Nagasakibomb

 

 

 


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s