Acerca del libro “Freud. Un despertar de la humanidad”, de Vilma Coccoz.

El pasado 7 de septiembre se presentó en la Biblioteca de la Orientación Lacaniana de Bilbao el libro “Freud. Un despertar de la humanidad” escrito por Vilma Coccoz, contando con la presencia de la autora así como con la participación de María Verdejo, Directora de la Comunidad del País Vasco de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis; y de Felicidad Hernández y Julio González, psicoanalistas miembros de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis.

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Se trata de un libro escrito por una gran lectora de Freud, Vilma aquí presente. Una gran lectora que a los 17 años quiso “con urgencia” tener las obras completas de Freud, en papel biblia y encuadernadas en cuero, pagando por ellas el precio de unos pendientes de oro, que su madre le regalaba en cada cumpleaños y que atesoraba con celo. Es este el recuerdo de juventud que Vilma narra en la presentación de su texto.

Pueden evocarse, en este punto, unas palabras de Jacques-Alain Miller en su curso Piezas sueltas: “El único saber que cuenta es el que cuesta, es aquel cuyo precio hemos pagado”. Y junto a este precio de los valiosos pendientes, la autora nos cuenta haber pagado también el precio de una formación como analista.

Vicente Palomera, en el Prólogo, señala que fundamentalmente en este texto nos encontramos con “una carta de amor”, en la medida en que tal y como Vilma Coccoz nos indica es el fruto de la transferencia con Sigmund Freud, con Jacques Lacan y Jacques-Alain Miller, a los que denomina sus maestros. Pero no sólo, es también el fruto de su análisis personal.

Para leer a Freud, para enseñarnos su Freud, fue preciso que Vilma descifrara el inconsciente del que es sujeto “ese libro con tirada de un solo ejemplar cuyo texto virtual llevas por todas partes y en el que está escrito el guión de tu vida, o al menos su hilo conductor” (Jacques-Alain Miller, Cartas a la opinión ilustrada). Le fue necesario aprender a leer como analizante  su propio inconsciente, una lectura de los S1 de la historia, una lectura que opera como separación entre los significantes amos, los S1, y el sentido gozado, las satisfacciones pulsionales, respetando sin obturar con el saber la hiancia abierta entre enunciado y enunciación.

Así mismo, en la Presentación, Vilma nos dice que a la hora de escribir este libro ha usado aquellas “preciadas” obras completas de Freud que compró con sus pendientes de oro “subrayados una y mil veces, con anotaciones al margen, ajados por el paso del tiempo”. Junto a la analizante lectora del propio inconsciente, está la lectora y comentarista del texto freudiano. ¿Qué es leer un texto en psicoanálisis? Tenemos el ejemplo de Lacan, lo que para él suponía la lectura y el comentario de la obra de Freud. Así en su Respuesta al comentario de Jean Hyppolite nos dice que leer un texto es “hacerle responder a las preguntas que nos plantea a nosotros, tratarlo como una palabra verdadera…en su valor de transferencia”. Nos encontramos entonces con que también frente a los textos uno lee en posición de analizante.

Leer un texto, supone, por lo tanto, ser trabajado por él en la medida en que nuestras preguntas en realidad son las preguntas que el propio texto nos propone, y las respuestas no son las nuestras, son las que buscamos en el texto mismo.  Esto produce un efecto implacable de transferencia. Me parece que esos múltiples subrayados, y notas al margen, que la autora constata, dan cuenta de tal transferencia

Hay por tanto esta transferencia de Vilma hacia Freud, Lacan, Miller, que sin duda articula los textos con el análisis personal, pero hay también en el libro de hoy un efecto de transmisión: la lectura propia de un Freud, una reinvención tal vez, que nos plantea preguntas y que promueve entre nosotros los lectores una transferencia hacia el psicoanálisis, a la lectura de estos maestros  y a nuestra experiencia como analizantes.

Formularía una de las enseñanzas encontradas en el libro del siguiente modo: la enseñanza en psicoanálisis consiste en un trabajo de lectura.

De otra parte, quisiera comentar la composición del libro. Los capítulos se organizan principalmente a partir de los casos de Freud: Dora, el hombre de las ratas, la joven homosexual… pero también Leonardo, Dostoievski, etc. A través de cada una de estas figuras, se pueden leer los problemas clínicos ante los que se enfrenta Freud, las soluciones que busca, los impasses a los que llega, así como lo que las enseñanzas de Lacan y Miller permiten progresar. No voy a señalar nada respecto de cada uno de estos capítulos, cada uno de nosotros vamos a hacer una lectura muy provechosa.

Si quiero subrayar algunos puntos respecto al capítulo que abre el libro: “Homenaje a la Traumdeutung” y al capítulo que lo cierra: “El pase de Freud y la causa freudiana”, ambos se articulan en torno al descubrimiento freudiano del papel de los sueños en tanto que vía regia de acceso al inconsciente.

En el primer capítulo, Vilma nos presenta la teoría freudiana del sueño por el sesgo de la hiancia subjetiva. El fenómeno onírico da cuenta de una fractura respecto de la identidad, el sujeto adolece de una falta de identidad. Podemos preguntarnos cómo opera la experiencia analítica sobre esta falla, si hace alguna promesa al respecto, si garantiza el encuentro con una identidad “verdadera”. Al final del capítulo, lo que Vilma nos indica es que el hecho de interesarnos por nuestros sueños, en el marco del discurso analítico, nos permite extraer un vector para el futuro y para la vida, “un saber necesario para andar por la vida, evitando tropezar demasiado”. No se trata de asegurar una identidad sino de elaborar un saber que circunscribe nuestro goce más íntimo y que deja lugar a la contingencia y a lo imposible.

El último capítulo pone en relación  la falla subjetiva con la culpabilidad y la pulsión de muerte. El tropezar en la vida adquiere una perspectiva más oscura y densa. En él, la autora se dedica a la lectura del sueño de la inyección de Irma, y al comentario que de él hace Lacan poniendo de relieve ese momento del sueño en el que Freud se asoma ante la garganta de Irma, “enfrentándose a un real sin mediación”. Como nos detalla la autora, Freud avanza en el sueño, pues se encuentra capturado por su propia culpabilidad, hasta llegar a ese lugar que es un no lugar, un lugar en el que “ya no hay nadie que pueda decir yo”. En ese momento, en el sueño aparece la fórmula de la trimitelamina como una escritura, una nominación de lo real de la sexualidad. Vilma nos indica que en ese momento Freud asume una nueva responsabilidad: “la dedicación al discurso que hace existir al inconsciente”, momento que marca la dedicación de Freud a la causa analítica, la investigación, la práctica analítica, la publicación de textos, su lazo con los otros, en definitiva, a hacer existir en el mundo este nuevo tipo de discurso del cual él es efecto.

Este sueño nos permitiría ubicar el pase de Freud, produciéndose un pasaje de la propia culpabilidad a la responsabilidad.

De otra parte, el capítulo va a articular la culpa con el superyó freudiano y con el sentimiento inconsciente de culpa en tanto que manifestaciones de la pulsión de muerte.  La culpabilidad encierra el secreto de un goce, muestra como el goce se produce a partir del funcionamiento del propio aparato psíquico, entorpeciendo nuestra vida, dotándola de un poder nocivo. El sujeto toma a su cargo la falta estructural que el propio lenguaje ocasiona, la propia falla subjetiva, estando dispuesto a sacrificarse a los dioses oscuros pues “como el Otro no existe, no me queda más remedio que tomar la culpa sobre Yo [Je]” (Lacan, Subversión del sujeto)

Vilma va  a darnos una clave: “Freud ha descubierto que el padre edípico es una proyección de sí mismo, una invención destinada a explicar el sentido del goce culpable”.

Algunas preguntas surgen entonces  ¿Podríamos decir que la invención del padre nos permite leer a la pulsión de muerte en tanto que goce culpable?; en esta época del predominio de las burocracias y del predominio del plus de gozar, que no es la de Freud, ¿cómo se muestra el sentimiento inconsciente de culpa?

Para concluir. El análisis no promete una nueva identidad más verdadera. Diré más bien que permite articular saber y goce. “El análisis no pretende la extinción de la falla consustancial al ser hablante, sino su correcta ubicación en la existencia subjetiva con el propósito de aliviar la vida de su poder nocivo cuando dicha falla se encuentra a la deriva”, dice Vilma en su libro. Lo que no es exactamente un identidad autentica u original, sino más bien la constitución de la persona-sinthome tal y como ella nos propone.

 

 

Julio González

 

 


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