La Escuela de Lacan y su psicoanalista. 50 aniversario de la Proposición del 9 de octubre

 

 

1.- Una Escuela para la época

Partiré de una acotación en el texto de Lacan: “Nuestro porvenir de mercados comunes encontrará su contrapeso en la aparición cada vez más dura de los procesos de segregación”. Profecía de Lacan que no ha perdido su vigencia, al contrario. Partiré de ella para argumentar la tesis de que con la fundación de la Escuela y con esta Proposición Lacan articula la manera de tratar el malestar de la época, produciendo analistas a la altura de la misma, y articulando un lazo social inédito que venga a sostener al discurso analítico. La Escuela y su analista se fundan como respuesta a esta aparición de los procesos de segregación, a la proliferación de fronteras y  de barreras que Lacan menciona en la Nota sobre el padre (1968).

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Este crecimiento de los fenómenos de segregación está en el centro de las preocupaciones de Lacan en el momento de escribir la Proposición. Hay varias referencias al respecto. En su Alocución sobre las psicosis del niño, pronunciada unos días más tarde que la Proposición (22 de octubre de 1967) Lacan indica, anticipando su noción del discurso, cómo “toda formación humana tiene por esencia y no por accidente el refrenar el goce”, señala también la estructura del objeto, la de ser “un condensador para el goce, en tanto que por la regulación del placer, aquel le es sustraído al cuerpo”. Tras ello caracteriza a la época con el término del “niño generalizado” en tanto que signa “la entrada de todo un mundo en la vía de la segregación”

¿Cómo podemos leer nosotros este término, “niño generalizado”? Dos años después en su Nota sobre el niño (octubre 1969) nos da una pista. Dice allí que si “La distancia entre la identificación con el ideal del yo y la parte del deseo de la madre, si ella no tiene mediación deja al niño abierto a todas las capturas fantasmáticas”. El niño deviene entonces el objeto de la madre “realiza la presencia de lo que Jacques Lacan designa como objeto a en el fantasma”. Se trata aquí de una relación sin mediación con el objeto a en tanto que objeto plus de goce, lo que a partir del curso El Otro que no existe llamamos el ascenso al cenit del objeto a, una relación por tanto que se convierte en una exigencia de goce que doblega al sujeto y a los cuerpos bajo una ley de hierro.

Dicho de otro modo, la segregación, el “niño generalizado” nos habla del extravío de nuestro goce. En la Proposición Lacan señala que “las Sociedades existentes” se fundan en un real, Sociedades existentes que, podemos entender, no se reducen a las sociedades analíticas. Hay un real en juego que tales sociedades desconocen y que es negado sistemáticamente. Eric Laurent en su texto El Racismo 2.0, toma esta consideración para señalar que toda comunidad se funda sobre un rechazo a un goce inasimilable, lo que funda la barbarie. No sabemos lo que es nuestro goce, solo sabemos rechazar el goce del otro, por lo que “se puede subrayar…que si los hombres no saben cuál es la naturaleza de su goce, los hombres saben lo que es la barbarie”. La Escuela de Lacan responde  a ese rechazo al saber, al analista le es preciso elaborar un saber sobre la naturaleza de ese goce inasimilable, el suyo propio sin duda y en primer lugar, para constituir el lazo de la Escuela y para poder interpretar la subjetividad de la época, sobre tal elaboración pivota el trabajo de la Escuela. La cuestión entonces que se plantea es de qué saber se trata.

De otra parte, podríamos preguntarnos también: este extravío de la segregación de qué es efecto. En su Proposición Lacan lo pone en relación con el desarrollo de la ciencia, como consecuencia del “reordenamiento de las agrupaciones sociales por la ciencia y, especialmente, de la universalización que esta introduce en ella”. Pero ¿por qué tal reordenamiento de las agrupaciones sociales por la ciencia, produce este incremento de la segregación? Es una cuestión que dejo hoy abierta, si bien quisiera subrayar un inicio de respuesta que Lacan da en la misma Proposición. Así, la ciencia destituye al sujeto de un modo muy diferente al del psicoanálisis. Habrá que investigar entonces en esta diferencia.

 

2.- El principio de no identidad

Lacan piensa la Escuela y su analista a partir de la relación entre el Otro y el objeto a, la relación del saber con la función del objeto, manera por lo tanto de tratar el extravío del goce. Es esta una cuestión que viene de atrás, así en el año 1960 en sus Observaciones al Informe de Daniel Lagache constata cómo en la estructura no todo es significante, cómo el objeto a es “elemento de la estructura desde el origen”. Se trata de ver cómo entonces se establecen las relaciones entre el significante y el goce, el Otro, y el objeto a.

Gracias a la lectura de Jacques-Alain Miller podemos aclarar dicha relación a partir del término de “extimidad”. Pensar la extimidad supone considerar la existencia del conjunto vacío, inherente a la constitución de cualquier conjunto; el conjunto vacío ocupa un lugar extimo respecto al conjunto del que forma parte: “su contenido está en el interior de A, pero como B como significante está en el exterior de A” (Jacques-Alain Miller Extimidad)

A su vez este conjunto vacio se apareja con el principio de la no identidad. El conjunto vacío aloja a todos los elementos de un conjunto que responden a la condición “x no es igual a x”. O lo que es lo mismo, el sujeto no es idéntico a sí mismo, lo que escribimos como S barrado, falta un significante que dé cuenta de la identidad del sujeto.

Sobre este principio se apoya el edificio de la Escuela. No hay identidad del analista. Sostener una identidad del analista supondría desde el punto de vista de la intensión la equivalencia entre el analista A y el analista B, como si hubiera un referente común que nos permitiera hacerlo. De ser así anularíamos la singularidad de cada analista, singularidad con la que cada analista opera. Seguramente anularíamos también el gradus y la garantía, reduciéndolo a una jerarquía, pues estaríamos anulando la existencia del S de A tachado. Es a partir de considerar la existencia de S de A tachado, es decir a partir de la imposibilidad de construir el todo en tanto hay un elemento que no es idéntico a sí mismo, que podemos establecer un gradus no segregativo en la Escuela, incluso incluir dentro de ella la dimensión del no-analista.

Igualmente, que no haya identidad del analista, que no sepamos qué es tal cosa, no nos impide comprometernos con la Escuela en el mundo, y con la existencia del discurso analítico.

Gracias a este principio, “x no es igual a x”, el analista podrá operar en la cura como semblante de objeto a, como “índice de lo que no se agota en el saber” (Jacques-Alain Miller, Extimidad), como índice de lo no simbolizado del goce. Para ello será preciso que haya abordado el real en juego en su formación, habiendo llevado a su término la propia experiencia analítica.

 

3.- El Sujeto supuesto saber

“Al comienzo del psicoanálisis está la transferencia” nos dice Lacan en la Proposición. Al principio está la transferencia, no el inconsciente. Este emerge a partir de la articulación significante que se produce en la cura, tal y como lo expresa el algoritmo de la transferencia que Lacan desarrolla en este escrito. Este algoritmo da cuenta de ese momento de producción del inconsciente a partir de la transferencia. Gracias a la articulación significante emerge el saber, “supuesto presente” matiza Lacan, el saber de los significantes en el inconsciente, “significación que ocupa el lugar del referente aún latente” precisa. El sujeto supuesto saber aparece en tanto que significación de saber, el saber es una significación de saber, que vela, deja latente su referente.

¿De qué se trata en este referente? Sin duda de algo velado, desconocido para el sujeto, atribuido al Otro y del que el sujeto supuesto saber es su depositario. El sujeto supuesto saber encierra el secreto del objeto a, es decir, el sujeto supuesto saber da cuenta de que el objeto plus de goce está alojado en el Otro. Es necesario entonces operar en la transferencia de un modo tal que el analizante pueda extraer un saber acerca de la naturaleza pulsional de este objeto y de su función extima respecto del significante, lo que conlleva  su extracción del lugar del Otro. El Otro deja de ser su depositario, se revela inexistente, lo que conlleva aparejado la destitución subjetiva.

Para que tal operación se efectúe  es necesario que la transferencia se inscriba en el marco del discurso analítico. Si la transferencia permite  elaborar una significación de saber, se trata entonces de tomar en cuenta los tropiezos, las fallas, los sinsentidos, los silencios que aparecen en dicha elaboración, en tanto que efectos de verdad que empalman con la realidad sexual del inconsciente.

El discurso analítico toma en cuenta lo imposible, el obstáculo que el propio saber produce, para que la verdad se disponga como saber inconsciente. Como señala Miller “los tropiezos, los desfasajes en los que se reconocía la verdad en la experiencia analítica se ordenan como saber inconsciente al poner lo real del discurso en el lugar del semblante”

¿Y de qué saber se trata? Como también señala Miller, en el momento de separación del objeto a se produce un desvanecimiento del saber, desvanecimiento que no supone que el saber no sea nada pues solo a partir del saber puede circunscribirse este objeto a. Así que “si nos instalamos en el no saber lo que se desvanece es la relación misma” (Jacques-Alain Miller, Extimidad). Se trata entonces de un saber que no es del objeto –pues no se trata de dominarlo- sino un saber sobre su función. Lo que se obtiene al final del análisis es más bien una equivalencia de este objeto a con el no saber como extimo al saber.

 

4.- La radicalidad de Lacan

Para finalizar algo que me impacto fuertemente al releer para hoy el texto de la Proposición, dice así: “la terminación del psicoanálisis llamado en forma redundante didáctica es, en efecto, el paso del psicoanalizante al psicoanalista”. Nunca hasta hoy me había resonado con toda su fuerza, su radicalidad y originalidad. Creo que con esta frase Lacan da un paso adelante respecto de lo que era la formación del analista en la época, con un vigor que se mantiene en la actualidad. Creo que aún estamos en el trabajo de extraer todas sus consecuencias.

Pues no se trata solo de que el analista tenga que analizarse, ni que el análisis tenga un final de análisis preciso tal y como lo formuló en el Seminario XI.

Se trata del hecho de que todo análisis llevado a su término produce un analista. ¿Qué caracterizaría a este paso?, diría que una nueva relación con lo real, de la que el deseo de saber da cuenta. Hacerse cargo de esto, y responsabilizarse junto con otros de la existencia del discurso que lo posibilito, caracterizará esta trasmutación del psicoanalizante en psicoanalista. Lanzaría para concluir una hipótesis: No hay analista sin Escuela.


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