La ciencia de la felicidad. Julio González

En su seminario La Ética del Psicoanálisis  Jacques Lacan nos indica que la Revolución francesa constituye el momento histórico en el que la felicidad se convirtió en un factor de la política. En dicho momento Saint-Just, en plena formulación de los derechos del hombre, plantea que “no podría haber satisfacción para nadie fuera de la satisfacción de todos”1. La felicidad se convirtió en una distribución de los bienes, quedando en manos del poder político el ejercicio de la felicidad.

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Ulteriormente, el siglo XIX asistió al nacimiento de una filosofía moral, el credo utilitarista. Este credo postulaba como fin último de la político el promover la mayor felicidad en el mayor número de personas, siendo este beneficio el criterio de la utilidad de las acciones.

Esta consideración tiene como consecuencia el hecho de introducir un nuevo concepto de la verdad. Para el utilitarismo un pensamiento es verdadero en la medida en que es útil y fomenta la vida. La verdad es lo útil y conveniente para el hombre, el conocer y el pensar son funciones por tanto al servicio de la conservación y promoción de la vida. La verdad permite una relación satisfactoria con la realidad.

Esta filosofía utilitarista dio lugar a la creación del estado de bienestar, y  tuvo como bandera la noción de la calidad de vida.

 

Ya en nuestra época, hay un desplazamiento de la orbita de la política,  asistimos al desarrollo de un ciencia de la felicidad que tiene su base en la economía.  La felicidad es algo que puede medirse y cuantificarse. Gracias a la psicología social y al desarrollo de las neurociencias se objetiva e incluso tiene su propio mapa de distribución mundial. Hay estudios que sitúan cuales los países que se sitúan en el primer puesto, o en el último, en el ranking de la felicidad.

Así, el rey de Bután durante los años 70 elaboró un enfoque de desarrollo dedicado a maximizar lo que él llamaba “felicidad nacional bruta”, en clara referencia al “producto nacional bruto”. El éxito de esta política no sería evaluado a partir de la riqueza del país sino de cómo se sintiera la gente con sus vidas.

Pero nosotros vemos como el efecto que esta nueva ciencia de la felicidad tiene es el de borrar el campo de las diferencias individuales, lo que para cada uno pueda significar dicha noción. La felicidad se mide en los laboratorios.

La felicidad constituye uno de los ideales mayores de nuestra época, un universal, un parámetro evaluable y cuantificable sin dimensión subjetiva, que intenta ocultar y velar  los tres imposibles que Freud sitúa como limite para dicho programa:

1.- nunca se puede dominar plenamente la naturaleza.

2.- nunca se puede dominar plenamente el propio cuerpo.

3.- nunca se puede dominar plenamente las relaciones entre los hombres.

De este modo la ciencia contemporánea de la felicidad ignora las paradojas descubiertas por Freud en el malestar de la cultura, la paradoja del placer y su más allá, la paradoja del imperativo superyoico.

Se trata en ella de un ideal que no se articula con ningún limite, ninguna imposibilidad, ninguna renuncia, sino que lo hace con el imperativo al consumo. Se revela entonces como una de las caras visibles del superyo contemporáneo, un superyo sin ideal del yo, que somete al sujeto a las exigencias de un imperativo feroz que impulsa al goce. Jacques-Alain Miller y Eric Laurent desplegaron las consecuencias de esta forma de un superyo sin ideal del yo en su curso El Otro que no existe y sus comités de ética

Un verdadero infierno hedonista2 se deriva de esta economía de la felicidad. El sujeto queda desamparado frente a los embrollos en las identificaciones, frente a las invasiones de goce, y las desregulaciones en los cuerpos, que se derivan de este empuje a la felicidad y al consumo de cachivaches de la cultura que no son más que imitaciones del objeto plus de goce.

En la infancia, los nombres de TGD, THDA, trastorno oposicionista, rechazo escolar, niños y jóvenes con agresividad, con trastorno del vínculo y de las emociones, etc. nombran a los segregados que el actual orden de hierro de la felicidad produce. A ellos se les aplica el mismo discurso que les segrega: se establecen perfiles, estadísticas, normas y manuales de vida, con lo que la segregación se acrecienta: ¡vive como un THDA!, ¡como una anorexica! ¡como una bulímica!…

Finalmente, es la propia dimensión del inconsciente lo que de este modo se segrega y se rechaza, consolidando al sujeto en una posición de debilidad mental que enloquece nuestro goce-

 


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