Identidad y segregación. Julio González

A propósito de Freud y los no europeos, de Edward W. Said

La reciente decisión del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, de reconocer a Jerusalén como la capital del estado de Israel, trasladando su embajada a dicha ciudad, pone de actualidad esta conferencia de Edward W. Said. Pero ¿quién es este autor?

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Según Wikipedia, Edward W. Said fue un importante crítico literario y musical, miembro del Consejo Nacional Palestino (1977-1991). Fundó en 1999 junto a Daniel Barenboim la West-East Divan Orchestra, orquesta que reúne a jóvenes talentos musicales palestinos, árabes e israelíes. Fue también Premio Príncipe de Asturias de la Concordia en 2002,

Invitado a dar en mayo de 2001 una conferencia en el Museo Freud de Viena, propuso el título de Freud y los no europeos; pero en febrero de ese mismo año le informan de la anulación de dicha conferencia debido a la situación política del Oriente Medio “y sus consecuencias”. Tras ello Said puede dar su conferencia en diciembre de 2001 en Londres, invitado por el Museo Freud de dicha ciudad.

En dicha conferencia el autor desarrolla la idea de la identidad como algo no resuelto, pues es imposible el establecer una identidad que tenga origen en sí misma, e, incluso, que una “única y sola identidad… no puede constituirse ni siquiera imaginarse sin la represión de esa radical fractura o carencia originarias…” Fractura que se niega con la precipitación de buscar “la pertenencia a uno de esos rebaños nacionalistas o religiosos a los que tanta gente quiere unirse a toda costa”. ¿Cuál es esta fractura originaria?.

Edward W. Said, toma como referencia el texto de Moisés y la religión monoteísta, poniendo de relieve la hipótesis freudiana acerca del origen no judío de Moisés. Esto sería lo reprimido en la constitución de un Todo identitario. Lo no-judío, lo no europeo, daría cuenta de un vacío estructural, propio, que imposibilita la identidad, vacío ante el cual el sujeto recurrirá a la identificación al rasgo unario.

El rasgo unario distingue al sujeto a la vez que lo exilia. En la identificación a dicho rasgo el sujeto desconoce lo extraño, lo extranjero que hay en él mismo, desconocerá por lo tanto su propio goce. Rechazará el goce del otro, en tanto que rechaza y desconoce el suyo propio.  El rechazo del otro, la segregación, vendrá a construir un régimen del “todos iguales” que suple la ausencia de una identidad, agrupándose en comunidades de goce a través de la identificación.

En varios textos el psicoanalista Eric Laurent ha señalado cómo Lacan funda una psicología de las masas que, a diferencia de Freud, no se sustenta en la identificación al líder sino en el rechazo a un  goce, lo que introduce un no saber sobre el propio ser. Desarrolla para ello el escrito de Lacan acerca del tiempo lógico.

Como señala Laurent, estos tiempos de identificación no parten de un saber sobre lo que sería ser un hombre, sino de lo que no es. Nadie sabe lo que es un hombre. Pero, lo que se sabe es lo que no es un hombre, es decir se funda en un rechazo al goce, en tanto que no es un hombre aquel al que rechazo como teniendo un goce distinto del mío.

Esta sería, hoy en día, la lógica que anida en los fenómenos de racismo y segregación, de anulación del otro.

De este modo se inscribe una lógica del todo, ignorando el vacío constitutivo, la fractura más íntima que para el ser humano supone el habitar en un mundo del lenguaje. Fractura con el mundo humano, que no armonía, tampoco identidad.


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