LA CIGÜEÑA Y LA CIENCIA* Por: Esthela Solano-Suárez

 

Voy a introducir mi participación de hoy con un pequeño testimonio.

En los lugares lejanos de América del Sur donde pasé mi infancia, un lugar fuertemente dominado por los mandamientos y los preceptos de la religión católica mantenía a los niños alejados de todo lo relativo a lo sexual y a sus consecuencias de procreación. Si bien estaba admitido que los animales se reproducían según los principios de las leyes de la naturaleza, los humanos por el contrario, cuando se casaban y si querían tener un hijo, le escribían una carta a la cigüeña, para que les trajera uno. ¿Cuál era la dirección de la cigüeña[1]? Su dirección estaba justamente en donde ella tenía su nido ¡En Paris, en lo alto de la Torre Eiffel! La cigüeña decidía el sexo del niño. Esta era la versión del mito que circulaba en aquellas latitudes australes a finales de los años cuarenta y a principio de los años cincuenta.

Me conmovió este verano que mientras visitábamos la maravillosa ciudad de San Sebastián en el país vasco español me topé con la famosa cigüeña, que reinaba en la vitrina de una tienda para recién nacidos. Yo la hacía muerta y desaparecida. Su aparición decorativa me hizo pensar que la caza furtiva de la ciencia no la había aniquilado completamente.

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En cuanto a la cigüeña de mi infancia, nosotros, los niños, creíamos. Creíamos hasta que aparecía una prueba, un elemento que refutaba su existencia. Esta prueba me fue aportada con el embarazo de mi madre. Constatando que si bien esperaba a la cigüeña, su vientre crecía a medida que el tiempo pasaba me puse a pensar, a cogitar para encontrar la relación posible entre ese vientre y la cigüeña. De toda evidencia no había ninguna relación: el bebé que iba a venir estaba en el vientre de mi madre o bien estaba en el nido de la cigüeña, en lo alto de la Torre Eiffel; pero no era posible que estuviera en ambos lados. Así llegué a la conclusión dolorosa y solitaria que la cigüeña no existía.

Pero entonces, si el niño esperado estaba en el vientre de mi madre, se me impuso una cuestión más compleja, saber cómo había entrado, y cómo iba a hacer para salir. Para encontrar una respuesta a este tipo de preguntas existenciales no contábamos en ese momento con el apoyo pedagógico del aporte de la pequeña semilla del papá, ni de las representaciones o explicaciones sobre el parto.

Por otra parte, como el nacimiento de un niño cuya madre era soltera, suscitaba entre las mujeres en el curso de las conversaciones -intercambios que un niño podía captar si paraba bien las orejas- todo el peso de la moral y del drama, entonces, no era difícil deducir que el embarazo era un fenómeno vergonzoso en esas circunstancias, y que tenía relación con lo sexual. Si lo sexual tenía que ver con la procreación, la dificultad era saber cómo. Mi búsqueda me llevó a intentar atrapar de aquí y de allá pedazos de conversaciones y de comentarios entre los adultos, con la finalidad de encontrar una respuesta a mi pregunta. Así, un día, escuché un comentario de mi hermano mayor, joven adolescente, que hablando con sus camaradas se pavoneaba diciendo que la cuestión era de “echarse un polvo”. Esta expresión no es fácilmente traducible, digamos que es una expresión argentina.

La significación de esta expresión se me impuso como una evidencia de orden sexual, de lo que pasa entre un hombre y una mujer. Pero no pudiendo entender el sentido, la tomé al pie de la letra: quería decir que para tener un hijo, los padres se servían de sus partes más íntimas de una manera u otra (la cosa no quedaba clara) y el hombre introducía un polvo en el cuerpo de la mujer. Por lo tanto me puse a buscar febrilmente por toda la casa el famoso “polvo”, el polvo prohibido, hasta que un día por fin encontré en el fondo de un cajón una pequeña caja amarilla que contenía un polvo. Mi corazón latía muy fuerte, tenía en la mano el objeto que era la prueba de las prácticas ocultas de mis padres, la prueba de lo que les había conducido a imponerme el nacimiento de un niño, de un rival detestable, que entre tanto, brillaba frente a los ojos admirativos de todos los miembros de la familia.

Sabiendo ya leer, busqué febrilmente, en un segundo tiempo, el nombre de ese famoso polvo, nombre que estaba escrito en la caja amarilla. No recuerdo su nombre, significante que reprimí y que quizá no es anodino, pero recuerdo que leí debajo del nombre una advertencia: “¡Cuidado, veneno para hormigas muy peligroso!”

¡Qué decepción! Con eso mi hipótesis resultó infundada. Había que seguir buscando. Me llevó un tiempo aún descubrir la explicación a este enigma. Pero, ¿Descifré todo el enigma? y, después de todo, ¿cuál era en realidad la pregunta?

Lo que el psicoanálisis pone en evidencia desde Freud es que para los seres hablantes la sexualidad no es para nada natural ya que no responde a ningún programa, a ninguna ley instintiva. No hay una ley que pueda determinar un ciclo sexual cuya finalidad sería la reproducción de la especie. En ese sentido, no hay un saber programado que diga qué mujer corresponde a tal hombre y viceversa, y todavía menos, cómo un cuerpo sexuado puede gozar de otro cuerpo para hacer Uno. Este saber, en el inconsciente de los seres hablantes, según Lacan, no cesa de no escribirse. Lo que hace decir a Lacan que la sexualidad es del orden de lo imposible, de lo imposible a escribirse.

La sexualidad hace agujero

La sexualidad hace agujero. El lenguaje hace suplencia con las significaciones que aporta para cubrir esa hiancia. Estas significaciones tienen como referencia real lo imposible, el saber imposible relativo al sexo. La niña de la que les hablé estaba confrontada a la pregunta fundamental convocada por la sexualidad, la pregunta sobre el deseo. En primer lugar el deseo de su madre en tanto que mujer y el deseo de su padre en tanto que hombre. Este deseo del cual ella provenía, activó para ella, con el embarazo de su madre, toda su carga enigmática. La dificultad lógica que se abría ante ella no provenía de la adhesión, en un primer tiempo, al mito de la cigüeña, ni tampoco de la falta de explicación pedagógica sobre lo sexual, estructuralmente, envía a los seres hablantes hacia algo que hace agujero en el saber.

Este agujero está cubierto por los mitos. La cigüeña es uno de ellos. Los mitos de cada civilización son ficciones provenientes de lo imposible que ellas recubren.

Por otra parte, la cuestión relativa al enigma del deseo y fundamentalmente del deseo sexual se despierta en cada niño cuando el niño hace la experiencia de sus primeras excitaciones sexuales, es decir, cuando en su propio cuerpo, no importa de qué sexo se trate, experimenta un goce que hace irrupción como siendo algo insensato, extraño, enigmático, fuera de sentido. El cuerpo del niño se goza, una parte de su cuerpo es subidamente raptada, transportada por un temblor de goce. El enigma de este goce aparece correlacionado para el niño a la oscura opacidad del deseo. Al no encontrar un sentido a la cosa insólita que se le impone a partir del cuerpo, se lanzará en una búsqueda que será el motor de un querer saber. Es lo que Freud descubre y avanza: el deseo de saber se arraiga en el enigma del deseo sexual. Puede ocurrir que ésta misma situación se revirtiera en un no querer saber radical.

En esta vía el niño construirá respuestas fantásticas que le aportarán auxilio para hacer frente al enigma de su deseo como también del deseo del Otro. El niño construirá así sus propios mitos, sirviéndose de cosas escuchadas, y escuchadas al revés, de los malentendidos, como les he mostrado anteriormente con mi ejemplo.

Estas respuestas serán olvidadas, pero quedaran activas como formando parte de la trama fantasmática del inconsciente.

El inconsciente en ese sentido, es una respuesta singular inventada por el sujeto para responder a lo real, es decir al fuera de sentido de la vida, de la sexualidad y de la muerte.

Al respecto Lacan escribe: “La vida sin duda reproduce, Dios sabe qué y por qué. Pero la respuesta solo se hace pregunta donde no hay relación que sostenga la reproducción de la vida” [1]

Retengamos entonces esto: en lo que respecta a la reproducción de la vida, incluso en el caso en que el saber de la ciencia interviene, queda enigmática. Solamente los seres hablantes se preocupan de ello, o solamente eso les preocupa a los seres hablantes. El inconsciente como respuesta es al mismo tiempo una suplencia para los seres hablantes, al real de la vida y de la muerte. Respuesta o invención del inconsciente estrafalaria y poética que no desdeña el chiste, el sueño, el lapsus, es decir las ficciones de lenguaje donde su ingenio convoca los truécanos, los juegos de palabras, ahí donde las resonancias de la lengua cifrarán un sentido que condensa un goce. La experiencia de un análisis abre hacia el desciframiento, hacia una lectura de las formaciones del inconsciente. Pero el inconsciente como respuesta hace a su vez pregunta y reproduce la cuestión, ya que la reproducción de la vida en los seres hablantes no es soportada por nada que establezca una relación, en el sentido de una relación lógico-matemática que funde un rapport.

La vida para los seres hablantes se reproduce fuera del rapport sexual, lo que no quiere decir que se reproduzca siempre y sistemáticamente fuera del coito. Lacan lo recuerda de hecho: “el sexo no basta para volver partenaires”[2]

El discurso de la ciencia

El progreso del discurso de la ciencia introduce en nuestros días una disyunción inédita entre sexualidad y procreación, como también entre procreación y gestación. La ciencia produce niños fuera del coito y pone así a cielo abierto la “no relación” entre deseo sexual y el deseo de hijos, entre goce sexual y procreación y también entre parentesco y sexuación. Sin importar el sexo de aquellos que desean ser padres, y sin importar la cantidad de los que deciden acudir a este tratamiento, ya sea en forma solitaria, en dúo o en trío, saben que pueden recurrir a la ciencia para la Reproducción Asistida (RP) y también, si es necesario, a la Maternidad Subrogada (MS). Este proceso ya es banal, tanto que, si se busca en Google en el motor de búsqueda y se pone MS, aparece inmediatamente en la pantalla, como una especie de mandato publicitario: “Encuentre ya mismo su madre portadora” al abrir la página aparecen una o varias clínicas donde proponen, y algunas veces incitan dar el paso. Se da un presupuesto, un plan de pago y se indica que el precio de los óvulos es de 3000 euros ($ 60,000 MX) y el de la pipeta de espermatozoides cuesta 70 euros máximo ($1,400 MX).

Se evidencia que si se puede encontrar por internet un lugar donde alquilar un vientre, comprar espermatozoides u óvulos, como se encuentra una tienda de electrodomésticos para reemplazar un refrigerador que se descompuso, es porque la procreación de un niño forma parte ahora de un mercado, de las leyes de un mercado muy vasto .

La ciencia por una parte ha llevado a los límites la posibilidad de la procreación sobrepasando los límites naturales relativos a la edad y a la identidad sexual. Así, las mujeres de más de sesenta años pueden hoy en día dar a luz. Existe también el caso de un sujeto que naciendo con cuerpo de mujer, cuerpo que no correspondía a su identidad subjetiva, adoptó un cuerpo de hombre. Casándose con una mujer estéril, deciden tener un hijo por Reproducción Asistida y es él quien porta el hijo ya que el útero no había sido retirado. Thomas Beatie, es conocido como el primer hombre embarazado que dio nacimiento por cesárea a tres niñas. Después de él otros casos similares se han suscitado.

Las leyes del mercado

Constatamos que una vez que la ciencia abre esta posibilidad, el discurso capitalista la secunda integrando el fenómeno a la economía del mercado. Actualmente, hay un mercado planetario muy próspero centrado en la producción niño.

Un libro colectivo publicado el 18 de junio del 2015 bajo el título “New Cannibal Markets[3]” retoma los trabajos expuestos en un symposium pluridisciplinario organizado en junio del 2014 en la “Fundación Brocher” en Ginebra 3. En donde se preocupan por la emergencia de nuevos mercados, que responden a la ley de la oferta y la demanda. Estos mercados tienen como mercancía al cuerpo humano y los médicos son el engranaje principal ya que necesitan de la intervención de la medicina más avanzada. Señalan que estos mercados existen siempre en el límite de la legalidad y de la criminalidad poniendo en evidencia que el cuerpo de los pobres es puesto a disposición de los más ricos. En efecto, la fábrica actual más importante de producción de bebés en el mundo se encuentra en la India. Una madre portadora en la India puede cobrar 4000 euros ($8,000 pesos Mx) mientras que una americana recibe 40,000 euros ($ 80,000 pesos Mx). El precio de un bebé en Estados Unidos es de 90,000 euros ($180,000 pesos Mx), mientras que en la India se pueden obtener por sólo 12,000 euros ($24,000 pesos MX). Por ello hay más demanda en el mercado de la India. Las madres portadoras, último eslabón en la cadena de producción, recibirán un embrión congelado resultado de un ovocito producido por una polonesa o una ucraniana, con espermatozoides de un estadounidense, un sueco o un japonés, y después de la gestación y hasta el parto estarán encerradas en una casa colectiva donde serán atendidas médicamente y serán bien alimentadas. La imagen que se impone entonces es la de una producción industrial que no difiere de la producción de las gallinas encerradas en cajas estrechas para que pongan el máximo de huevos. Si el niño pedido y pagado nace con un labio leporino o trisómico lo regresarán: “Pagamos para tener un hijo normal” declaran los padres para justificar su rechazo.

Se evidencia así el lugar del niño como producto del discurso, el discurso de la ciencia y el discurso capitalista. El niño es ahora un objeto producido por la técnica, por la fabricación humana.

Lacan ha demostrado que lo que viene al lugar del producto en el discurso del amo es el objeto pequeño a, el objeto plus de goce, que hace función de objeto causa de deseo.

De hecho, Lacan ha precisado en qué consiste la operación de la ciencia, que haciendo emerger en nuestro mundo objetos que no existían para nuestra percepción, como las ondas que rodean nuestro planeta y que gracias a algunos captores son transformados en voz y mirada, la ciencia extiende así los límites de nuestros sentidos. Como resultado nuevos objetos surgidos de la voz y de la mirada habitan nuestra vida cotidiana, objetos de los que nos apropiamos y de los que no podemos separar.

Constatamos entonces, que un niño en tanto que objeto producido por la ciencia no difiere mucho de un teléfono celular o de una televisión, objetos producidos por el ensamblaje de piezas sueltas y que, una vez puestas en el mercado, ocuparan el lugar del objeto pequeño a, causa de deseo.

El niño objeto pequeño a

Con esto la ciencia desenmascara el lugar del niño en tanto objeto. ¿Qué objeto? Recordemos aquí la frase de Lacan, cuando interpela a sus auditores diciéndoles: “El objeto a es lo que todos ustedes son, en tanto están puestos ahí -cada uno el aborto de lo que fue, para quienes le engendraron, causa del deseo. Y ahí es donde ustedes deben reconocerse, el psicoanálisis se lo enseña”.[4]

Esto es fuerte. Somos un resto, a título de objeto, de objeto pequeño a, causa de deseo de aquellos que nos han engendrado. La experiencia de un análisis nos permite cernir ese lugar, el lugar de objeto causa de deseo, de deseo del Otro, lugar que ha precedido nuestra llegada al mundo.

Cada uno tiene que arreglárselas con esta cuestión crucial de haber sido el producto de un deseo o de un no deseo, de quienes nos engendraron, de haber sido esperados como un objeto precioso o como un objeto molesto, como la causa de deseo o como un puro deshecho.

Por supuesto que la ciencia no se preocupa de la dimensión del deseo que ella forcluye. El mercado tampoco, en tanto que responde a la demanda del cliente no le interesa saber si lo que piden va en el sentido o contra su deseo. Pero tanto para los niños engendrados en una relación sexual como para los producidos como un ensamblaje de piezas sueltas, la cuestión del deseo que precede su llegada al mundo, sigue siendo enigmática.

Nada asegura la “normalidad” del deseo. Un niño puede ser el resultado esperado o inesperado del encuentro sexual, puede ser deseado o no, e incluso si su concepción es costosa, haciendo intervenir procedimientos complicados y trámites variados, nada asegura que haber querido a todo precio un niño, esté en acuerdo con el deseo.

La experiencia de un análisis nos permite cernir que el deseo no tiene nada de natural, y que no es una consecuencia que proviene del hecho de tener un papá y una mamá en el cuadro de una familia heterosexual y tradicional. El mito de Edipo le fue soplado a Freud por sus analizantes, ficción que servía para recubrir los embrollos del deseo y el goce, propio de cada parlêtre. El modelo de Edipo no es garantía de normalidad, y menos de la normalidad del deseo, el cual es siempre fuera de la norma, singular, insatisfecho o imposible.

Como es sabido por la experiencia, la de un análisis, lo que cuenta para cada sujeto es la manera en la que se anuda para él, el amor, el deseo y el goce. Este nudo tiene que ver con un bricolaje singular, propio de cada uno. Y esto es relativo a las contingencias, a eso que hace encuentro y encuentro inesperado. Así, los que se hacen cargo de un niño forman parte de ello. No en tanto representantes de roles normalizados, sino en tanto soporte vivo, soporte encarnado de una función cuya lógica es relativa al lenguaje y por ello, no es controlable, y escapa a lo educativo.

El psicoanálisis no deplora el tiempo pasado, sabiendo que nada detiene los avances del discurso de la ciencia, tomamos en cuenta,- y nos ocupamos en el caso por caso de las demandas de los sujetos que sufren de aquello que hace signo de un síntoma engendrado por un real que se opone de manera singular, a los nuevos imperativos del amo contemporáneo.

Traducido por Cinthya Estrada

NOTAS

  1. Lacan., Él atolondradicho, Otros Escritos, Buenos Aires , 2012, p
  2. Lacan J., Televisión, Otros Escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p 554.
  3. Jean Daniel Rainhorn, coeditor de New Cannibal Markets, Globalization and Commodification of the Humain Body, Foundation Brocher/ Edición de la Maison des sciences de l´homme. Le monde, Science & Medicine, miércoles 15 julio 2015.
  4. Lacan, J., Seminario XVII, El reverso del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1992
  5. Idem. p. 192.

Tomado de: http://www.nel-mexico.org/index.php?sec=GLIFOS&file=GLIFOS/009/Conferencia-Internacional/La-ciguena-y-la-ciencia.html


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