Ver más allá de la ciencia

FELIPE FERNÁNDEZ-ARMESTO

Fuente: El Mundo https://www.elmundo.es/opinion/2019/01/30/5c50886421efa004748b456e.html

 

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“Pero es que la ciencia me apasiona y me inspira para intentar comprender todo”. Felicito a Elsa, estudiante de mi curso de Historia de la primatología, por su pasión y su ambición. “Pero acabas de insistir, profe”, prosigue la joven, “que para nuestros trabajos de investigación elijamos problemas que no tengan soluciones, mientras yo pienso que, si los pensamos bien y los investigamos infatigablemente, la ciencia es capaz de solucionar todos los problemas”.

Elsa, estudiante inteligentísima, es víctima de una de las falsas religiones de nuestro tiempo: el cientificismo, o la fe irracional en las potencialidades de las ciencias. Los grandes éxitos históricos de científicos que han remediado enfermedades, conquistado horizontes, explorado entornos, develado mundos y motivos, y multiplicado los recursos del ser humano suscitan esperanzas poco realistas de logros ilimitables. Ante el fracaso de la política, la impotencia de las religiones tradicionales, y el ocaso de las humanidades, es comprensible que la gente invoque a las ciencias para mejorar el mundo. Explico a Elsa que por mis perjuicios humanísticos prefiero problemas insolubles: el encanto de un problema muere cuando la solución se encuentra; un problema soluble es demasiado fácil para sostener mi interés. Pero sugiero a la estudiante que no le vendría mal cuestionar la omnipotencia de la ciencia, por razones objetivas: los precedentes históricos, las limitaciones prácticas, la naturaleza de los grandes problemas que nos amenazan y el fondo teórico de las disciplinas científicas.

Empezamos con aspectos teóricos. Aunque, como la filosofía, las artes y las humanidades, la ciencia puede captar verdades trascendentales y aplicables en todo momento y todo contexto, hay que reconocer que forma parte de la cultura y refleja siempre los valores y tendencias de su tiempo. Me parece curioso, por ejemplo, que el año nuevo de 2019 arrancara con noticias dominantes sacadas de comunicados de prensa científicos. Desde China recibimos imágenes del lado oscuro de la luna -muestra de la capacidad científica de penetrar fronteras antes inaccesibles- y más datos sobre la controversia suscitada por supuestos clones humanos, con la posibilidad cada vez más evidente de producir humanos de marca. Agencias norteamericanas publicaron imágenes de Ultima Thule, el objeto más remoto del sistema solar, demostrando el alcance tremendo de la exploración del espacio, e inspirando, en algunos comentaristas, afirmaciones exageradas de que ese planetilla pequeñito nos llevaría a entender las materias constituyentes de la vida. La victoria del algoritmo AlphaZero sobre el programa Stockfish 8, que ya había vencido a todos los maestros del ajedrez, abrió supuestos horizontes nuevos en el desarrollo de la inteligencia artificial, ya que el AlphaZero había adquirido su superioridad mediando un proceso de aprendizaje, jugando al ajedrez y registrando los frutos de su propia experiencia. El público respondió entusiasmado, pero no por el valor objetivo de los datos: la luna sigue siendo la luna; un robot sigue siendo un robot; quedamos sin saber los ingredientes de la vida; y cada paso que damos hacia humanos a la carta es un desastre. El interés público por las distracciones científicas surgió más bien de los pronósticos funestos de la política y economía mundiales para 2019. A algunos consumidores de medios, la ciencia proporcionó entretenimiento, a otros esperanza.

En segundo lugar, nuestros retos actuales más urgentes y más profundos son literalmente intratables. El cambio climático seguirá perjudicando el mundo, aun si logramos las respuestas que la ciencia exige, porque la influencia clave en el clima mundial es el sol, sobre el cual no podemos ejercer influencia alguna. El gran perturbador de la estabilidad de nuestras sociedades es la desigualdad, que queda fuera del ámbito de la ciencia. El consumismo, que está agotando los recursos del planeta, sigue descontrolado. Los cambios demográficos -aumento descontrolado de la población de algunas zonas del mundo, desequilibrio generacional en los países relativamente desarrollados, y creación de tipos de familias sin precedentes en la historia con consecuencias impredecibles- son irreversibles en el término medio. Los enemigos de la estabilidad tienen a su alcance armas cada vez más peligrosas, tanto al nivel político, por el ascenso del populismo, como en el sentido material, por el acceso al ciberterrorismo y a la fuerza nuclear. Y mientras los problemas se acumulan, nuestros recursos morales y de inteligencia quedan estancados. Seguimos siendo tan malos y tan estúpidos como nuestros antecesores humanos más remotos -tal vez más, si tenemos en cuenta el hecho de que los neandertales tenían cerebros más grandes que los nuestros. El resurgimiento de ideologías fracasadas, como el nacionalismo, el racismo y el autoritarismo son muestras de la incapacidad humana de sacar conclusiones racionales de su propia Historia.

Aun si pudiéramos imaginar soluciones a estos problemas, quedaría la dificultad práctica de superar las limitaciones de los procesos de producción de nuevas iniciativas científicas. Según Don Braben, del University College London, en su magnífico libro sobre el Planck Club -el conjunto de grandes científicos de la primera mitad, más o menos, del siglo XX- la atmósfera intelectual e institucional y la disponibilidad de recursos de aquel entonces favorecían la liberación de grandes genios para seguir investigaciones audaces sin tener que pensar en aplicaciones comerciales o fines útiles definibles. Entre muchos ejemplos, Braben plantea el de Ernest Rutherford, el padre de la física nuclear, quien declaró en 1933 que su descubrimiento no acarrearía consecuencias prácticas; Max Perutz y John Kendrew, quienes en los años cincuenta descubrieron por casualidad las estructuras de hemoglobina y la mioglobina; y Peter Mitchell, cuyas teorías bioquímicas se rechazaron por la comunidad científica antes de justificarse plenamente y revolucionar la disciplina en los años sesenta. Éstos y muchísimos genios más realizaban avances heroicos a pesar del desacuerdo de la mayoría de los científicos de su tiempo. Hoy en día, Braben estima el valor de sus descubrimientos en más de 100 trillones de dólares, sin contar sus contribuciones no cuantificables al bienestar. Pero bajo las normas actuales, que exigen evaluación de los pares e imponen criterios cautelosos y conservadores, es probable que ninguno de sus proyectos consiguiera apoyo ni financiación.

Por último, hay que contar con precedentes históricos poco alentadores. Los patrones históricos pueden romperse, pero para predecir el futuro el pasado es la única guía disponible. Y el pasado demuestra que aunque la ciencia o, mejor dicho, la tecnología solucione problemas, las mismas soluciones levantan otros problemas a la vez. Si seleccionamos sólo algunos ejemplos de innovaciones de gran beneficio para la especie humana vemos que todos llevaban también aparejadas consecuencias lamentables que siguen infligiendo miseria en el día de hoy. La agricultura creó nuevos espacios para el desarrollo de microbios letales, aumentó la violencia entre comunidades, dio lugar a que surgieran estados tiránicos, modificó la evolución de especies comestibles y logró extinguir otras más. La industrialización trajo consigo desigualdades inmensas en las sociedades afectadas e introdujo prácticas insostenibles en la explotación de combustibles fósiles. Las armas de destrucción masiva y los medios de genocidio más eficaces de la historia son frutos de la ciencia del siglo XX. Los logros de la medicina han sido positivísimos, pero nos han dejado con una sociedad afligida por nuevas enfermedades -sobre todo de tipo psicológico- y graves problemas sociales y demográficos. El desvelo de la estructura genética de los organismos ha sido revelador, pero nos amenaza ya con consecuencias no esperadas -morales, económicos y medioambientales- de la modificación genética. La tecnológica informática multiplica datos y erosiona sabiduría.

Así que no hay grandes perspectivas de que la ciencia nos mantenga a salvo. Más bien, tenemos que salvar a la ciencia de sus propios vicios -los procedimientos hostiles a la audacia de la investigación, la falta de atención a consecuencias no esperadas, el fundamentalismo casi religioso que excita expectativas condenadas al desengaño. Sigo fascinado por los problemas insolubles, pero cuando contemplo los que nos hacen frente en la actualidad, salgo desesperado.

Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (Indiana, EEUU).


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