ENTREVISTA A JACQUES-ALAIN MILLER: “Y cuanto más se vuelva común la presencia virtual, más preciosa será la presencia real”. Entrevistador: Eric Favereau

El diván es sin duda el objeto emblemático del psicoanálisis. Pero al mismo tiempo, no es el diván lo que define al psicoanálisis. Hay análisis que se realizan perfectamente cara a cara, con el paciente sentado en una silla. Para algunos pacientes, incluso es necesario que sea así. Por ejemplo, cuando el diván adquiere la significación: estar a merced del otro, estar librado al antojo del otro. Es una fantasía. Pero bueno, es cierto que el paciente se desplaza con el analista, que está en una posición de demanda, que esto implica una cierta dimisión, una cierta sumisión al otro, y que el diván puede representar eso.

¿Es el diván el objeto del psicoanálisis?

El objeto en el psicoanálisis es más bien el psicoanalista mismo. Es él quien tiene su lugar en tu serie, junto a Bic y la píldora. Lo que Freud inventó es este nuevo objeto, alguien que es capaz de hacerse este objeto. Un objeto muy particular, que le permite a otra persona experimentarse a sí mismo, como sujeto, como hablante sin saber lo que quiere, ni lo que dice, o incluso a quién lo dice. El diván representa el umbral de este mundo de limbos. Pero el objeto duro es el psicoanalista. Es la novedad.  Si bien siempre hemos hecho clínica con una cama.

¿El diván no sería más que una cama?

Claro que sí, el diván es una especie de cama. Es una cama que no tiene interior: no nos deslizamos en unas sábanas, nos acostamos sobre una superficie. Como una figura recostada, con las evocaciones mortíferas que pueden merodear. Este es el verso de Baudelaire: “Divanes profundos como tumbas”. La cama suele ser el lugar donde se encuentra su cuerpo, el cuerpo que se ha olvidado en la vida activa, también se encuentra allí el cuerpo de un otro. El diván es, por el contrario, una cama individual. Hace presente la relación sexual y, al mismo tiempo, manifiesta su ausencia. Quizás se podría decir que el diván es un guardarropa donde uno deposita su cuerpo, donde uno se desnuda del cuerpo activo, donde también se deja el cuerpo imaginario, la imagen de sí. Queda un tercer cuerpo, el cuerpo que es nuestro trapo, este desperdicio que el sujeto arrastra detrás de él, y que es tan querido por él.

Finalmente, el diván resulta ser más importante de lo previsto…

En tanto que mueble, el diván es importante, como el bote de basura de Samuel Beckett. Él encarna la siguiente paradoja: tienes que llevar tu cuerpo a la sesión, y al mismo tiempo, debes despojarlo. El diván es una máquina, una multiguillotina, que amputa al cuerpo de su motricidad, su capacidad de actuar, su estatura erecta, su visibilidad. Él materializa el cuerpo abandonado, el cuerpo roto, el cuerpo abatido. Acostarse en el diván es volverse puro hablante, mientras se experimenta a sí mismo como un cuerpo parasitado por la palabra, pobre cuerpo enfermo de la enfermedad del habla.

¿Cuál es el futuro del diván?

La tecnología elabora modos de presencia inéditos. El contacto remoto en tiempo real se ha convertido en un lugar común a lo largo del siglo. Sea el teléfono, ahora portátil, el Internet, la videoconferencia. Esto va a continuar, se multiplicará, será omnipresente. Pero, ¿tendrá la presencia virtual un impacto fundamental en la sesión analítica? No. Verse y hablarse no es una sesión analítica. En la sesión, dos están allí juntos, sincronizados, pero no están allí para verse, como lo demuestra el uso del diván. La copresencia en carne y hueso es necesaria, aunque solo sea para hacer surgir la no-relación sexual. Si saboteamos lo real, la paradoja desaparece. Todos los modos de presencia virtual, incluso los más sofisticados, tropezarán con esto.

En resumen, el sofá permanecerá.

La presencia permanecerá. Y cuanto más se vuelva común la presencia virtual, más preciosa será la presencia real. Entonces, el gran cambio, lo veo más bien en los transportes: la aceleración de los desplazamientos, costos más bajos, con aviones grandes, TGV, todo lo que hace que el cuerpo en sí sea aún más “portátil”. En el pasado, ser analizado por Freud requería residir en Viena o Londres. Hoy podemos vivir en Milán o incluso en Buenos Aires, y ser analizados en París, o viceversa. Mañana, el transporte masivo supersónico? Sería la globalización de los divanes.

 

*Traducción de Jaime Castro. No revisada por los participantes de la entrevista.  Traducción del francés publicado en: https://www.liberation.fr/amphtml/cahier-special/1999/07/03/le-divan-xx1-e-siecle-demain-la-mondialisation-des-divans-vers-le-corps-portable-par-jacques-alain-m_278498?__twitter_impression=true


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